Washington Post: ¿Más castrismo? ¿para qué más de lo mismo?

El avance de puntillas hacia el futuro no bastará para para romper el profundo y decepcionante estancamiento: Cuba necesita liberar a su propia gente, señala el diario en un editorial sobre la anunciada sucesión el próximo jueves en la isla.

El diario The Washington Post cuestiona en un editorial las interrogantes acerca de si, cuando por primera vez en 60 Cuba sea gobernada por alguien sin apellido Castro, esa persona será en alguna medida diferente de sus totalitarios predecesores.

En lugar de ello el periódico propone hacerse preguntas de más calado como “¿Para qué necesitan los cubanos más castrismo? ¿Más de lo mismo? ¿Para qué?”.

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#MásCastrismoParaqué?

El tema del editorial coincide con la frase elegida por un grupo de opositores cubanos, agrupados en el Foro por los Derechos y Libertades, para una campaña lanzada a inicios de 2018 denunciando la farsa de los comicios cubanos. Con la etiqueta #MásCastrismoParaQué, el grupo ironiza con las propias palabras del dictador Fidel Castro cuando en 1959 rechazó hacer elecciones libres, enterrando así la democracia en Cuba con la frase «¿elecciones para qué?».

Señala el Post que, si en algún momento la educación y la atención médica gratuitas eran los tótems de la promesa de igualdad y una vida mejor de la revolución castrista, hoy Cuba es una sombra de lo que fue.

Cita el informe reciente del economista estadounidense Richard E. Feinberg para el Instituto Brookings (reseñados por Martí Noticias en “Profundamente decepcionante” el desempeño económico de Cuba en los 10 años bajo Raúl Castro y Experto alerta sobre peligro de frenar sector privado en Cuba) donde documenta como las actuales cosechas de azúcar, café, tabaco y cítricos y las capturas de pescado, son superadas con creces por los niveles prerrevolucionarios.

“En La Habana, la escasez de alimentos ha sido habitual por mucho tiempo; recientemente fueron los huevos los (que se pusieron) difíciles de encontrar. ¿Más de lo mismo?”, pregunta el editorial.

Agrega que mientras que el autoritarismo disfruta su regreso en Rusia, el totalitarismo nunca se fue de Cuba. Los disidentes son sistemáticamente detenidos; no hay libertad de información, prensa o asociación; y perdura un exhausto sistema de lealtades al Partido Comunista y monopolio del poder.

El país ─dice─ es dirigido por una camarilla que en los últimos años también se ha enriquecido, y la mayoría de los cubanos no tienen voz ni voto en la forma en que se gobierna su país.

Una simple alusión a la democracia pone a temblar a los apparatchiks. Como dice Feinberg, «A lo largo de de seis décadas, el partido de vanguardia se ha convertido en el partido de la retaguardia, penosamente desligado de las opiniones y aspiraciones populares».

Y el Post repite entonces su pregunta retórica: “¿Más de lo mismo?”.

Hasta las relativamente tímidas reformas económicas lanzadas en sus inicios por Raúl Castro parecen haber asustado a los burócratas de su propio partido, apunta el editorial.

La economía privada creció durante un decenio bajo su vigilancia; la cifra de trabajadores por cuenta propia autorizados creció de 150.000 en 2008 a 580.000 el año pasado. El sector privado ahora representa, incluyendo a agricultores y empresas, alrededor del 29 por ciento de la fuerza de trabajo, mientras que el Estado retiene el 71 por ciento.

Súbitamente alarmado por que la gente estuviera realmente ganando dinero en negocios privados, en agosto pasado el Gobierno pisó el freno y dejó de emitir nuevas licencias. Este avance de puntillas hacia el futuro no bastará para romper el profundo y decepcionante estancamiento de Cuba, asevera el diario.

Por largo tiempo, Fidel y Raúl Castro se quitaron de encima la responsabilidad asegurando que todo era culpa del embargo estadounidense.

Ahora algunos culpan a la línea más dura adoptada por el presidente Trump tras los misteriosos ataques a diplomáticos de EE.UU. en La Habana. Pero es muy fácil culpar a Estados Unidos por todo lo que anda mal en Cuba.

El cambio que la isla necesita debe venir de dentro, propone el editoral, “liberar a su propia gente: que puedan expresarse, votar, ser propietarios, producir y viajar».

«Después de seis décadas de castrismo, lo último que necesita Cuba es más de lo mismo”, concluye diciendo el Washington Post.

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