Socialismo, o el vacío de los significantes

En uno de los encuentros de SATS pudimos disfrutar de una breve conferencia ofrecida por Rafael Rojas acerca de la importancia que tiene “la consolidación de la pluralidad ideológica en la esfera pública cubana para avanzar en la democratización del socialismo en la Isla”. En un fragmento de la charla explica que la homologación y equivalencia del socialismo con “otros conceptos abstractos, totalizantes, como nación, Patria, Estado, gobierno, partido comunista único, Fidel Castro, Raúl Castro” ha convertido a la ideología oficial del Estado en un “significante vacío”, para usar una frase que Rojas se apropia de Ernesto Laclau. En este artículo pretendo abordar no el proceso por el cual el socialismo se ha ido vaciando en Cuba de los referentes básicos que lo definen y que conforman su tradición –quedando reducido en la actualidad a una tendencia cívica que aspira a resguardar valores morales–, sino quiero ilustrar cómo el socialismo ha generado un vaciamiento de los significantes, sobre todo en la sociedad y la cultura.

Socialismo, gobierno y Revolución: una sustancia decantada

Debe recordarse que el socialismo dejó de ser una corriente política de aspiración democrática –representada por el Partido Socialista Popular–, para convertirse en una ideología de Estado, cuando en 1961 Fidel Castro calificó a la Revolución de “socialis-ta”. Decretó así una franca alineación con el eje de la Unión Soviética. Luego el Ché Guevara teorizó sobre la esencia “humanista” de la doctrina (El socialismo y el hombre en Cuba), y la adecuó al contexto económico y político de la Isla. Por un lado, promovió el “trabajo voluntario” como la fuerza primaria que debía impulsar el nuevo modelo económico, basado en la solidaridad entre los hombres y no en la explotación; y por otro, revitalizó la “misión histórica” que tenía el socialismo de derrocar al imperialismo, en especial el norteamericano. La afirmación de un nacionalismo más concentrado, en la coyuntura de la Guerra Fría, nos hizo pasar de una zona geopolítica a la otra. Y, desde la caída del Muro de Berlín, la defensa de un proyecto socialista en Cuba no ha pasado de ser una retórica decorada con viejos fantasmas, un teatro de sombras chinescas.

La Revolución, lanzada primero hacia un radicalismo utópico, y lastrada después por las ambiciones cada vez más expansivas del nuevo gobierno, se fue extinguiendo poco a poco. Comenzó como un proyecto nacionalista, y terminó como un proyecto antinacio-nal, según lo demuestra la avalancha de expropiaciones forzosas a la burguesía nativa, y el cisma migratorio que ha sostenido la familia cubana desde 1959. Hay algunos que marcan el fin de la Revolución con la “ofensiva revolucionaria” contra la mediana y la pequeña propiedad en 1968; otros lo llevan a la fundación del Partido Comunista de Cuba en 1975, cuando se prohíbe la representación legal de otras fuerzas políticas en el seno del Estado, o 1976, cuando se terminan de crear y reformar todas las instituciones que gobiernan hasta el presente: el Poder Popular, la Constitución comunista y la nueva división político-administrativa de las provincias. Finalmente, habría que considerar a 1989, por ser el año en que caduca el proyecto de instauración del socialismo a escala global, y se abre el período más crítico de la historia de Cuba, llamado Período Especial, que llega hasta nuestros días.

La Revolución cubana, en cuanto fue un proceso histórico impulsado e integrado por un vasto movimiento popular que perseguía un grupo de ideales (en esencia, el restable-cimiento de las libertades cívicas, la soberanía política y económica de la nación, y el progreso de las clases media y baja), debe dejar de identificarse con el gobierno castrista que sobrepasa ya medio siglo en el poder. La verdadera revolución fue disminuyendo a medida que el gobierno aumentaba su poder, hasta quedar convertida en una sombra de su figura. Sin embargo, como el gobierno se hizo hipóstasis con las ideas de Revolución y socialismo, continuaron identificados en el discurso oficial y la conciencia colectiva, hasta que, al quedar esas ideas vacías de contenido histórico, tuvo que refugiarse sólo en la ideología de la plaza sitiada, reiterando que la vida física y moral de la nación estaría amenazada si caían esas maquetas. Hoy, para colmo de fatuidad narcisista, sigue consi-derándose el actor protagónico de una Revolución y un socialismo inexistentes.

Si cuando hablan de defender “las conquistas del socialismo” aluden a preservar la salud y la educación gratuitas, significaría que el socialismo ha quedado reducido a esas dos medidas públicas, y por tanto habría que llamar “socialistas” a los países de Europa que las tienen implementadas en sus democracias. Así, en el ámbito de las ideologías, el vaciamiento de los conceptos ha resultado proverbial, y su confusión epistemológica, utilizada como estrategia de legitimación por parte del gobierno, ha derivado en un empobrecimiento masivo del horizonte cívico, así como en una neurosis colectiva, al crearse una ambivalencia entre el rechazo al sistema político y el apego a lo que representa la Patria.

Todo es nada

Todos los regímenes autoritarios se basan en la implantación forzosa de un conjunto de ideales absolutos, y entre los más importantes, está el de un modelo de hombre total, que encarne no sólo valores poderosos y virtudes magníficas, sino que logre unificar en sí los papeles sociales que la civilización (y sobre todo la modernidad) ha debido repartir entre una comunidad de individuos cada vez más diferenciados. El superhombre ario, el superhombre comunista, y el revolucionario, son intentos por superar el aislamiento del individuo en una sociedad que se ha vuelto más compleja, extraña y distante. Pero estos ideales han significado una profunda violencia: primero estructural, por la desigual relación que han establecido los grupos sociales a partir de esa nueva identidad; simbólica, porque obliga a todas las personas a reconocerse y comportarse según el patrón de un solo conjunto de signos; y psicológica, ya que reprime los aspectos genuinos y naturales de la personalidad. La consecuencia directa y más denigrante de evaluar la realidad según esos modelos ha sido la segregación política y social, como fue demostrado, por ejemplo, con la UMAP y las políticas de parametración cultural.

En Cuba, el “hombre nuevo” debía ser integral: además de buen soldado, debía aspirar a una mezcla perfecta de intelectual y obrero. Las escuelas al campo, que se desarrollaron a partir de la década de los 70, debían fomentar el hombre manual y el hombre de pensamiento. Así, la Revolución pretendió convertir a los intelectuales en campesinos, y a los campesinos en intelectuales; a los profesionales en obreros, y a los obreros en profesionales. Todo dependía de las circunstancias políticas y económicas. Las vocaciones ya no eran una prioridad, y muchos tuvieron que renunciar a la suya para “dar el paso al frente”, teniendo que estudiar otras carreras, sobre todo científicas. Esto fue conducien-do a una vulgarización del papel del intelectual en la nueva sociedad.

Todos los regímenes totalitarios son ateos, aunque algunos (como el de Franco) quieran llamarse católicos. La diferencia entre todas las religiones y el ateísmo radica en la creencia –o no– del alma, que los cristianos reconocen solamente en las personas, los hind-úes, budistas y jainistas en el mundo de los seres vivos, y los shintoístas incluso en los objetos inanimados. Considerar la realidad del alma significa que cada ente tiene una vida espiritual sensible, que evoluciona, y no puede ser suprimida, ni debe ser forzada. El ateísmo, en cambio, considera a los hombres y las cosas como una materia inerte, o recipientes vacíos, que pueden ser llenados de cualquier contenido.

La Revolución les dio a los hombres un contenido principal: el de soldados; y un soldado es un instrumento en manos de un poder que habla siempre en nombre de la necesidad. Por tanto, no sólo era bueno, sino también admirable, que hoy alguien fuera conta-dor bancario, mañana agricultor, y pasado un constructor, pues eso era un “verdadero revolucionario”. Las consecuencias de esta política sobre la economía han sido desastrosas, y sobre la sociedad civil poco menos que traumáticas: ya nadie era nada en particular, ni sentía que su oficio tuviese un valor especial, y cualquiera podía ocupar un cargo directivo o un empleo público, siempre y cuando tuviese la ideología “correcta”. De este modo, el clientelismo político (o el régimen de lealtades y favores) se ha convertido en la esencia de las relaciones económicas entre el gobierno y el pueblo.

El drenaje de la historia

En el ámbito de la cultura, esa nueva filosofía de la historia, que dividía a la sociedad en explotados y explotadores, promovió la conciencia de un movimiento de reivindicación histórica, por el cual los primeros se apropiarían física y simbólicamente del patrimonio de los segundos. Eso se tradujo en una política de recolonización y resemantización del patrimonio constructivo del país, que a la postre ha desarticulado la inmensa mayoría de los espacios públicos y privados. Los clubes privados de la alta burguesía se volvieron círculos sociales obreros, y muchas mansiones quedaron reducidas a solares o casas de vecindad. Y como el gobierno ha demostrado una profunda incapacidad para construir nuevos edificios significativos, desde casas particulares hasta centros públicos –excepto el Palacio de las Convenciones–, y de sostener un programa de desarrollo urbano y ar-quitectónico personalizado, ha debido refuncionalizarlo casi todo. Colegios cristianos los ha convertido en estaciones de policía, las mansiones privadas en oficinas, los cines en sedes de grupos de teatro, y en general, la ciudad en ruinas, y las ruinas en mercaditos y ferias. Casi nada ha quedado incólume. Entre sus últimas arbitrariedades, ha hecho del Seminario de San Carlos y San Ambrosio –una institución paradigmática de la historia y la cultura cubanas, donde estudiaron y enseñaron los principales intelectuales y patriotas del siglo XIX– el “Centro Cultural P. Félix Varela”. Félix Varela debe haberse revuelto en su espíritu, y si estuviera vivo, estoy seguro de que habría sido el primero en oponerse a semejante despojo, por buen religioso, y por buen ciudadano; además, esa debía ser una de las rarísimas instituciones que aún mantenía su función original desde hacía siglos. Gracias a Dios, aquí no dinamitaron los conventos y los templos como en el Tibet durante la revolución cultural china, pero han dinamitado el país con bombas de tiempo.

Manuel Moreno Fraginals decía en una conferencia que por cambiar los nombres de las cosas no se cambiaba la historia, y que la historia seguía allí, aunque no nos gustase; y que al cambiar los nombres de los centrales azucareros se estaba borrando una identidad, y por tanto se escamoteaba la memoria del país. Creo que, además de restituir en lo posible a los espacios públicos su función original, deben restituirse también algunos de los nombres originales, o que le signifiquen más a la historia de la nación. ¿Por qué hay que repetir siempre (para nombrar cualquier cosa) a José Martí, Antonio Maceo y Camilo Cienfuegos? ¿Por qué no se le pone a una cátedra de marxismo Antonio Bachiller y Morales, o Carlos Baliño? ¿Acaso no tienen suficiente mérito a los ojos de la Patria otros ilustres, como Domingo del Monte, José Agustín Caballero, José Antonio Saco, Salvador Cisneros Betancourt, Enrique José Varona, Jorge Mañach, o Lydia Cabrera? Muchas instituciones esperan por esos nombres ¿O es que tampoco forman parte de la historia de Cuba, por su ideología, los autonomistas, los anexionistas, y los reformistas, Rafael Montoto, Tomás Estrada Palma y Eduardo Chivás? No basta con haber muerto luchando por la libertad de Cuba, o ser un mártir (o sea, una víctima de la dictadura o el terrorismo): se necesita sobre todo del rescate de los egregios, personas que representen valores y ideas de un proyecto nacional integrado a la modernidad, o simplemente que hayan fundado una obra, aunque fueran esclavistas o capitanes generales. También a las calles habaneras deben serle restituidos sus nombres populares, y no esos impersonales de Avenida de Chile, de Bélgica, o de México. Y la Plaza de la Revolución debe volver a ser Plaza Cívica, de los ciudadanos, no del gobierno.

Hace un tiempo, caminando por los pasillos de una gran feria comercial de artesanía, me percaté de que la imagen del Ché desbordaba en el imaginario de todo el conjunto de figuras, hasta el punto de constituir más del noventa por ciento de todos los retratos de personajes históricos. Y me preguntaba, si la política cultural de un país hacia el exterior debe ser la promoción de sus mejores autóctonos, por qué prevalece el icono de un ex-tranjero. ¿No hay suficientes cubanos insignes como para darlos a conocer al mundo, e incluso a los propios cubanos? La ideología comunista ha vaciado de ejemplos la historia de Cuba, al escamotear la existencia de hombres memorables que pudieran simbolizarla, inclusive como pionera del continente americano. Los intelectuales e historiadores cubanos debieran hacer una lista con los diez o veinte mayores olvidados de la historia insular, para que tengan la buena justicia del homenaje, y al ser divulgados en mono-grafías, eventos culturales y programas de televisión, sean redescubiertos por un pueblo que tiene numerosos vacíos en sus anales, principalmente entre los siglos XVI al XVIII. La historia no es un carril por el que discurren todos los hombres y las ideas, sino un universo de mundos paralelos; y no es una carrera de pruebas para llegar a una meta (el comunismo, o el paraíso terrenal), sino es el camino sinuoso –y a veces retorcido– por el que han transitado las sociedades y sus culturas.

Significando el mañana

Creo que deberían consultarse más a los intelectuales –y en el futuro, tanto a los de la Isla como a los de la diáspora– para decidir el nombre o el destino de una institución; y en algunos casos, consultar al pueblo en referendo. Por ejemplo, el Capitolio Nacional debe ser uno de los casos más sensibles, puesto que habría que decidir si debe volver a ser la tribuna legislativa del país, en caso de que se quiera restaurar de nuevo la Cámara de Representantes y el Senado, o si debe ser la casa de un ministerio, un museo, o ambas cosas a la vez. La fortaleza de la Cabaña, por su parte, debería tener un recordatorio (con algunas salas museables) de la función principal que tuvo durante los tres períodos de la historia cubana: una cárcel política. Y si el Presidio Político de Isla de Pinos se ha convertido en un museo para recordar la trayectoria política inicial de los Castro y sus seguidores, debería completarse también con la historia de los estuvieron allí después del triunfo de la Revolución. El Museo de la Revolución, antiguo Palacio Presidencial, debiera ser el Museo de la Primera República –ya que está por fundarse la Segunda–, o ser quizás, simplemente, el Museo de Historia de Cuba. Pues si la Revolución quiere un museo propio que la identifique, debería mandar a construirse un edificio con la apa-riencia externa o la fachada de uno de “microbrigada” o “bajocosto”, ya que ésas han sido las construcciones paradigmáticas que ha edificado la Revolución. Este tipo de obras (difundidas igualmente en el antiguo campo socialista) tendieron a fomentar la homogeneización de los individuos, procurando vaciarlos de una identidad singular. A nivel urbanístico, han quedado así los testimonios de los barrios obreros, cuyos grises exponentes en Ciudad de La Habana son Alamar, San Agustín y el Reparto Eléctrico.

El tránsito a la democracia será gradual, incluso cuando se declare abiertamente que ya estamos inmersos en ella. Y en una sociedad que pretenda erigirse como nuevo Estado de derecho sería muy conveniente que las instituciones relacionadas con la justicia tu-vieran una mayor visibilidad por su relevancia arquitectónica. Por ejemplo, el Tribunal Supremo debe tener un espacio independiente, separado del Tribunal Provincial de Ciu-dad de La Habana, y con una estructura de alusión republicana. ¡Qué significativo resul-ta que los edificios de los Ministerios de Salud Pública y el del antiguo Ministerio del Azúcar estén en la Rampa, y sean tan vistosos, mientras que el de Justicia está a un cos-tado, por la calle O, y parece un edificio corriente! ¡Y más significativo aun que los Mi-nisterios de Economía y Planificación y el complejo editorial de periódicos nacionales estén de la otra acera del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y un poco más lejos, el Ministerio de las Comunicaciones!
En las culturas todo es significativo, lo que se declara y lo que se silencia, el aparente caos y las ambigüedades. La historia de Cuba ha padecido desde el siglo XIX de muti-laciones, reduccionismos y olvidos, que esperamos no sean del todo irreversibles, y que se han acrecentado durante la etapa socialista de la nación. Con estos breves juicios he tratado de mostrar algunos de los efectos que el socialismo, instaurado como ideología hegemónica, ha traído sobre los significantes sociales y materiales del país, más allá de la omisión de otras ideologías, del vaciamiento de su propia riqueza teórica, y de la con-fusión de los conceptos asociados a la identidad nacional.