Los retoños de la esperanza

Esta cosa, que todavía algunos, por ignorancia política o por cinismo, siguen llamando Revolución, ha cometido un crimen de lesa juventud. La escena de Saturno (o Cronos, el tiempo) devorando a sus hijos, se multiplica día por día, y se hace más vívida en la sociedad cubana.

Me encontré recién con un colega del preuniversitario, y al preguntarle por algunos de los amigos de la escuela, me contó que no le gustaba pensar en eso, porque se deprimía, cuando recordaba que casi todos vivían fuera del país, y probablemente más de la mitad de nuestro curso hubiera emigrado ya. Él estaba trabajando en ETECSA, una compañía que aunque ahora está en manos de los militares, mantiene cierta notoriedad financiera entre las empresas cubanas, y se veía pesimista, no quería saber del futuro, que según él podía ser aun peor. Estaba como atrapado, pues no tenía planes de irse al extranjero, y estaba resignado a suspender, al parecer por tiempo indefinido, sus planes dentro de la Isla. Esa misma noche conversé con una muchacha más joven, a la cual le había descubierto ya los signos inequívocos de la tristeza y la amargura –que por supuesto todos tratan de ocultar lo mejor que pueden–, y me contó a solas que pensaba emigrar a los Estados Unidos, para reunirse con su familia, pero debía dejar aquí solos a sus abuelos, y abandonar la carrera universitaria que casi había terminado, o de lo contrario tendría que hacer tres años de servicio social. La lista pudiera ser interminable.

Un muchacho me dijo una vez que si la frustración de esta ciudad pudiera almacenarse, no alcanzarían los contenedores de la bahía de La Habana. Y la frustración se manifiesta generalmente en agresividad, pero cuando se tiene un alma buena y sensible, en tristeza. En casos extremos, deriva en la locura y el suicidio. Sin embargo, la mayoría de los jóvenes, los que no han encontrado refugio y luz en el campo intelectual y espiritual, en las artes, las ciencias, o la religión, ni han sido absorbidos por una fe ciega en el comu-nismo, han terminado disueltos y enajenados en el mundo del ocio, la bebida, y el sexo, como bien revelan las tableros de las cafeterías del Estado por moneda nacional.

Hace unos meses, una mujer que todavía no llegaba a los cuarenta –y por supuesto, era un cuadro político–, me dijo que la Revolución nos había acostumbrado (a los jóvenes) a dárnoslo todo. En primer lugar, pareciera que el Estado cubano fuera un padre multi-millonario, benévolo y generoso, dispuesto a consentir todos los caprichos –incluso los más frívolos– de sus tiernos hijos, como si éstos pudieran ir a una oficina del gobierno a solicitar un poco de dinero, una casa o un carro, y estuvieran dispuestos al momento, como un regalo de nuestra sociedad socialista. Pero ese todo, demasiado universal para ser creíble, alude sólo a las trompeteadas “salud y educación gratuitas”, como si esos fueran los únicos derechos humanos que necesita satisfacer una persona para realizarse, y que además, como las mentes despiertas saben, representan un chantaje para la sociedad civil. Claro, que se le olvidó pensar a esta señora que si no fuera porque mis padres, trabajando y ganándose la vida, me siguieron albergando en su casa, me cuidaron duran-te mis ingresos en hospitales, me dieron comida, ropa, y eventualmente unas modestas ayudas económicas, yo no hubiera podido terminar la universidad, y hubiera tenido que ponerme a trabajar o delinquir, y tan pronto tuviera un mínimo de edad semiadulta, salir a vivir en casa de una novia o un pariente lejano, sin llegar a completar los estudios se-cundarios, e incluso los primarios. Esa ha sido la vida de muchos jóvenes. Esa salud y esa educación “gratuitas” toman el viso de una deuda de gratitud eterna, e impagable, que los jóvenes adquieren con el Estado cubano, el cual se cree con el derecho (bajo el falso pretexto de ser el único en el mundo que las proporciona gratuitamente, aunque no libremente) de reclamar una lealtad absoluta. En realidad, este gobierno les ha quitado a los jóvenes todo: su derecho a la auténtica rebeldía, su derecho a la independencia, su derecho a elegir, a pensar, a viajar, y para colmo, hasta sus esperanzas. Los ha condenado, como a los judíos de Moisés, a soñar con la tierra prometida, pero sin llegar nunca a entrar en ella.

Desde 1990, la verdadera disyuntiva del pueblo cubano, y principalmente de los jóve-nes, no ha sido la de resistir o ser víctimas del capitalismo, sino la de resistir o emigrar, gracias a los dones de un capitalismo globalizado, y más o menos democrático. El malestar ha sido tan grande, y la desilusión tan profunda, que duele ver la tristeza de una juventud resignada, desposeída, defraudada, y a veces sobrecogida por una abrumadora desesperanza. Es evidente que no podría fundamentar estas aseveraciones sino a través del espíritu de mis amigos y del mío propio, pues en Cuba no existen siquiera estadísticas aproximadas de cuántos suicidios, cuántos drogadictos, cuántos emigrantes (legales e ilegales), o cuántos jóvenes desempleados hay. O cuántos jóvenes están presos, albergados, o viviendo aún con sus padres y sus hijos en una misma casa.

Pronto llegará el fin de año y las Navidades, y volveremos a repetir los saludos de cortesía ¡Feliz Año Nuevo!, ¡Próspero Año Nuevo!, para tal vez, proyectados sobre el año futuro, seguir postergando los sueños que no se cumplieron en éste, y caer de nuevo en la monotonía de una sobrevida gastada e inerte. Sólo que el tiempo va deformando más el absurdo, y cuando este gobierno se desmorone al fin sobre la tumba, espero que podamos enterrarlo también con su máscara, y puedan nacer, alimentados por el sol de una era potente y creativa, los retoños de la nueva esperanza.