¿Hacia dónde va Cuba?

ANTONIO G. RODILES | La Habana

Embargo y Posición Común son piezas claves del ajedrez político. Si el Gobierno recibe una transfusión de recursos que le permita mantener  su hipertrofiado aparato represivo, digamos adiós a la democracia por los próximos 20 o 30 años.

Hace cinco años se levantaban expectativas sobre la selección de la elite gubernamental. Muchos conjeturaron sobre quién sería el próximo primer vicepresidente. Las apuestas se dirigían a dos candidatos: Carlos Lage Dávila y José Ramón Machado Ventura. Según el elegido, teorizaban los observadores, se perfilaría la orientación de Raúl Castro en los próximos cinco años. Las principales especulaciones hablaban de dos tendencias en pugna, la raulista o reformista y la fidelista o conservadora. Aparentemente, una de ellas  marcaría el ritmo y el tipo de reformas.

El resultado no solo se concretó al acto de selección, sino que trajo consigo que Carlos Lage y su amigo Felipe Pérez Roque, fueran defenestrados junto a otros altos funcionarios. Las acusaciones fueron las conocidas: traicionaron la confianza de los máximos líderes mediante conductas impropias para «cuadros» de sus envergaduras. Después se supo que en varias ocasiones se habían  mofado de sus longevos jefes y que deseaban  disponer de más cuotas de poder.

En aquel 2008 el contexto internacional era diferente. Raúl Castro intentaba relanzar una imagen renovadora con la firma de los Pactos en Nueva York, unido a reformas de poco calado pero ampliamente divulgadas. Chávez se había convertido en una fuente inagotable de recursos y sostén para la desastrosa economía que Fidel Castro legaba. Barack Obama se perfilaba como el próximo presidente de los EE UU y eso daría, según sus cálculos, amplias posibilidades de terminar o al menos relajar, el diferendo bilateral sin perder mucho a cambio. Ese mismo año tres huracanes golpeaban la Isla, la precaria economía cayó aún más y la dependencia hacia Venezuela se profundizó.

A pesar de las medidas tomadas por la nueva administración norteamericana, el Gobierno cubano dio muy tímidas señales de querer generar una nueva dinámica. Aferrados a un control total de la sociedad mediante la Seguridad del Estado y todo un ejército de informantes,  el Gobierno cubano prefirió enviar una señal de lealtad a sus asalariados. En noviembre de 2009 arrestó al contratista Alan Gross ofreciéndolo como moneda de cambio por los cinco espías relacionados con el arranque histérico que pulverizó a cuatro seres humanos en el aire.

El año 2010 trajo un brote de mayor activismo desde la oposición. La huelga de Guillermo Fariñas, el activismo de las Damas de Blanco, la muerte de Orlando Zapata Tamayo tras una prolongada huelga de hambre, desataron una fuerte presión interna y externa sobre el tema de los presos políticos que resultó insostenible.  La necesidad de frenar una situación que a toda luces estaba tornándose peligrosa, trajo como consecuencias la intervención de la Iglesia católica, quien sirvió de enlace entre el Gobierno y las fuerzas prodemocráticas.

Dando muestras de desatino político, el Gobierno seguía esperanzado en lograr, al menor costo, ciertos favores de la administración Obama. Según los consejeros del totalitarismo las «reformas» del «modelo económico», apoyadas en los subsidios venezolanos, podrían llevar a un ritmo «adecuado» y sin demasiada tensión a la mutación  neocastrista.

Sin embargo, las tan  cacareadas transformaciones no han despegado. Los inversionistas extranjeros no se han  acercado, a diferencia de lo ocurrido en los años noventa. La dependencia económica del «hermano país bolivariano» y la muerte del presidente venezolano Hugo Chávez hace tambalear el escenario previsto.

La situación de Venezuela se ha complejizado con una economía que se tambalea con altísimos índices de inflación y desabastecimiento. El candidato escogido por Chávez, Nicolás Maduro, no se está proyectando nada seguro ante una situación que claramente rebasa su arsenal político.

Para el Gobierno cubano, la necesidad de un plan B cobra carácter urgente  e inmediatamente todas las miradas han caído sobre los EE UU.

Un plan B del Gobierno cubano

El Gobierno cubano necesitaría, al menos, un relajamiento de las sanciones económicas. Solo ahora el Gobierno se percata de la magnitud del error cometido al encarcelar a Alan Gross. La liberación del contratista sería una pésima señal para todos los agentes secretos cubanos, pero garantizaría al menos, el inicio de un proceso de intercambio más fluido con el objetivo final de lograr la relajación del embargo. Todo parece indicar que las viejas rabietas no tienen el mismo impacto.

Dentro de Cuba las grandes expectativas creadas por Raúl Castro se van desvaneciendo y el Gobierno necesita dar algunos pasos para que el cubano pueda respirar algo más de libertad. La férrea política migratoria relaja sus controles buscando drenar las crecientes carencias de los cubanos y se convierte en uno de los pasos más «audaces» del totalitarismo.

En este escenario se realiza la nueva selección de puestos. Esteban Lazo con su avanzada edad y una mentalidad muy básica simboliza todo lo viejo e inoperante del sistema. Tomará las riendas de una asamblea que jamás ha tenido votaciones divididas, ni siquiera en temas tan triviales como los que discute. Lazo representa un muro de contención para frenar cualquier iniciativa que pueda nacer o llegar a dicho órgano de gobierno.

El cambio de Machado por Díaz Canel, busca acomodar a un relevo necesario. Se trata de un individuo más joven, obediente, poco carismático, sin popularidad, puesto a dedo. Alguien que dependerá en su totalidad del buen consentimiento del aparato militar que en los últimos años ha afianzado su influencia indicando cual es el diseño social que se intenta perpetuar.  No creo que estas  designaciones generen nuevas dinámicas. La elite solo pretende que estas personas ejecuten el plan diseñado a su medida y la de sus herederos.

La oposición comienza entonces a jugar un interesante papel. La colaboración entre diferentes grupos se hace cada vez más articulado. El trabajo que en los últimos meses se ha ido tejiendo alrededor de la campaña «Por otra Cuba», demandando la ratificación e implementación de los Pactos de la ONU como hoja de ruta para un proceso de transición, apunta que es posible encontrar aquí y ahora un camino viable. La sociedad civil, está preparada para dar pasos más audaces, esperamos que así sea de parte de todos los actores.

¿Qué podemos esperar en el corto y mediano plazo?

El Gobierno seguirá acomodando en posiciones claves a sus cuadros más confiables, gente que garantizaría que el neocastrismo se concrete. Colocará también algunos rostros que le permitan mostrar cierta cara «renovada» al exterior, y con esto intentar relanzar sus relaciones internacionales.

Ese nuevo diseño necesita de una economía que pueda sufragarlo, es este el punto crítico ¿Cómo lograr viabilizar una economía completamente desarticulada y destrozada? Esto solo puede lograrse con una inyección de capital, inyección que en la actualidad solo podría provenir del vecino del norte. Nadie desea invertir en un país donde no se pagan las deudas.

El embargo estadounidense y la Posición Común europea son piezas claves de este ajedrez político. Si dentro de la situación que vivimos el Gobierno recibe una transfusión de recursos que le permita mantener intacto su hipertrofiado aparato represivo, digamos adiós a nuestros sueños democráticos por los próximos 20 o 30 años. Cuando he escuchado a varios actores prodemocráticos abogar por el fin inmediato e incondicional del embargo, me percato de una falta de previsión de los escenarios políticos posibles. ¿Será que no conocen experiencias previas de otras regiones? ¿Será que no conocen la famosa frase de «apertura» económica con apretura política? ¿Será que no es suficiente con la abultada deuda que ya le legaremos a nuestros hijos y nietos?

Si la comunidad democrática le señala al gobierno totalitario que la ratificación e implementación de los derechos fundamentales, contemplados en los Pactos de la ONU, es el único camino de solución al dilema cubano; si condiciona cualquier medida de relajamiento de sanciones económicas al cumplimiento de dichos acuerdos internacionales, no tardaremos mucho tiempo en ver resultados.

El Gobierno cubano no ha sido y no es temerario, menos aún en el contexto actual. Resulta ilógico que la elite desee entregarle una bomba de tiempo a su familia y aliados cercanos.  La oposición por su parte, en su amplia mayoría, es promotora de cambios pacíficos. Cambios en los que transitemos a una democracia verdadera, con el pleno y absoluto respeto de las libertades individuales y no a un engendro totalitario típico de naciones fallidas. Un engendro que en el mediano plazo estará, con toda seguridad, cargado de más corrupción, inseguridad y conflictos sociales.

Resulta en extremo entendible, que el pueblo cubano desea la oportunidad de vivir en paz, ser próspero, disfrutar de sus familias y de su tierra. Necesitamos dejar atrás toda esta pesadilla de alarmas de combate, guerras de todo el pueblo, milicias de tropas territoriales, socialismos o muertes y bastiones inexpugnables. Superar las locuras tipo cordones de la Habana, plátanos microject, tribunas abiertas, batallas de ideas, lineamientos y toda esa sarta de tonterías y mediocridades. Esas que nos han hundido en el desastre que hoy todos, absolutamente todos, tenemos la ineludible obligación de superar. Nos urge otra Cuba.