Olvídense del Papa

Nuestro punto de unión: la Iglesia invisible.
Y nuestra divisa fundamental: la libertad de pensamiento.
(Carta de Hegel a Schelling)

En el año 1998, cuando Juan Pablo II aun no había abordado el avión de regreso a la Santa Sede, yo fui testigo de lo siguiente: saliendo de un edificio situado en Línea e/ 4 y 6 quedé perplejo al ver un camión del ejército y varios guardias que iban arrancando los posters de su Santidad, colgados en cada una de las luminarias del separador central de la avenida. Algún que otro transeúnte y/o vecino se les aproximaba para reprocharlos tímidamente con un «¿por qué hacen eso?»; otros le pedían de favor que les regalaran los afiches, ya que los militares destruían los retratos apenas los retiraban. Los restos paraban todos en la cama del camión. Y lo que es peor, aquellos soldados ―visiblemente enfadados― acompañaban sus violentos gestos desmanteladores con improperios dirigidos contra la figura del Papa. No sé por qué pensé en ese momento que expresaban el ánimo de Raúl Castro. Me preguntaba cómo era posible que el hermano de este último hubiera renunciado al uniforme verde olivo para recibir al Pontífice de traje y tan contento como un niño, mientras los guardias de las FAR ejecutaban las ofensivas órdenes de su ministro, a las cuales Fidel no podía estar ajeno. La visita de Juan Pablo II no fue más que una farsa, como lo será la de Benedictus XVI.

Para lo único que pudiera servir la próxima visita papal, fuera de los objetivos personales que persiguen tanto Raúl Castro como Jaime Ortega, es para que el pueblo haga catarsis gritando a todo pulmón ¡libertad! en plena Plaza de la Revolución, pero tampoco eso sucederá. Como no tendrá lugar el diálogo entre su Santidad y los disidentes. La antigua Plaza Cívica se rellenará a tope con la chusma voluntaria, militantes de la UJC y del PCC, los presionados por las organizaciones políticas y de masas que no han encontrado una excusa plausible para ausentarse y, por supuesto, los verdaderos católicos. Se transportará buena parte de la muchedumbre desde otras provincias, en esas guaguas escolares amarillas procedentes del “Imperio”. No habrá espacio para el diálogo con los opositores («grupúsculos contrarrevolucionarios dirigidos desde el exterior por la mafia anticubana», según la interpretación a la que habrá de acostumbrarse el Papa durante su visita).

La otra cara de la moneda es que salvo los fanáticos, los beneficiados y los convencidos gracias a un déficit neuronal, el resto de los que allí se reunirán (con uniforme y sin él) no apoyan al gobierno. En cambio, callarán porque no ven otra opción. ¿Cuál es la verdadera razón del desamparo de los cubanos de la Isla que ningún Papa podrá remediar? La pregunta que me hice aquél día de 1998 en la calle Línea me la sigo haciendo: ¿cómo puedo yo parar este atropello? Tirarme contra el camión de militares era algo ridículo, pero al cabo de 14 años al menos tengo parte de la respuesta. Primero, qué ha fallado: el empalme del pueblo con la oposición y el apoyo exterior al fomento de la democracia.

El gobierno cubano parece haber tenido más conciencia de ello que el exilio y que la propia oposición interna. En cuanto a lo primero, se concentró en aislar y satanizar a los opositores, cosa que resultó efectiva, ante todo, gracias al dominio estatal de todos los medios de comunicación (incluyendo aquí los teléfonos celulares y la Internet). Con respecto a lo segundo la victoria gubernamental fue más fácil aun, propiciada por el propio exilio. En primer lugar, si un opositor recibe 50 dólares mensuales del exterior, con ello puede malamente alimentarse y vestirse; en segundo lugar, el dinero recibido no se debe destinar a esos menesteres, amén de que tal modo de pago deja al beneficiario sin capacidad de respuesta ante la acusación de mercenario. En tercer lugar, si los 20 millones liberados cada año por la USAID para el fomento de la democracia en Cuba se quedan mayormente en Miami ―sin producir los resultados esperados todos estos años y sin que la propia Agencia al parecer pretenda advertirlo― no parece haber mucho interés, ni en la capital del anticastrismo ni en Washington, en la caída del régimen cubano. Como se ve, las cosas no andan nada bien.

En el interior de la Isla la lucha frontal es necesaria, pero no suficiente. Para lograr el empalme del pueblo con la oposición hay que forjar una base de civilidad en la cual el “Pueblo” ―categoría nacionalista que alcanza su mayor expresión en los contextos totalitarios― pueda desmembrarse en asociaciones de individuos, mientras la disidencia se estructura a modo de proyectos independientes, centrados todos, desde las más diversas perspectivas, en el debilitamiento institucional. Es decir, la disidencia debe tener como objetivo no el gobierno sino las instituciones del Estado. De ellas tiene que nutrirse, de tal modo que los intelectuales y profesionales en general migren hacia los proyectos independientes, echando ―junto a las asociaciones antes mencionadas― los cimientos de la sociedad civil que habrá de acoger a la oposición política. La vía de proporcionar el financiamiento debe ser transparente y legítima. Que los 20 millones de la USAID no llegan a la Isla está mal, sin duda. Pero si llegaran, no habría una base ética y legal sobre la cual plantearse tal ayuda. Ahora bien, si lo que se fomenta mayormente son los proyectos independientes de tipo cultural, académico, medioambiental, de género y un largo etcétera, entonces estamos hablando de algo bien transparente que ocurre todos los días y en todos los países. Obviamente, se trataría de un intercambio, no de una manutención (a lo cual el gobierno cubano se ha acostumbrado desde la era soviética y, al parecer, no quiere renunciar): el financiamiento debe ser reciprocado con resultados.

Ese peculiar fenómeno que son en Cuba las ONGs gubernamentales y los proyectos cuasi-oficialistas, obviamente, quedarían excluidos de los proyectos realmente independientes que, desde las más diversas manifestaciones, tienen como línea de trabajo el fomento de la libertad y la democracia.

Pasemos al segundo punto que no deja de ser interesante, toda vez que involucra el tema del embargo. El gobierno cubano ―entre otras escasas opciones― apuesta para sostenerse, en la era postchavista, por los viajes y las remesas, mientras que la parte más radical del exilio aboga por la prohibición de ambos (durante 5 años) para los recién llegados que, como es natural, la rechazan. Pues bien, si el grueso del financiamiento se dirige a los proyectos independientes de base cívica, más que llenar las arcas del gobierno el resultado sería el fortalecimiento de la sociedad civil. Creo que los defensores del embargo entenderían que ese precio vale la pena pagarlo. En un caso semejante se puede mantener el intercambio y quien menos favorecido saldría sería el gobierno cubano. Ya se han probado las otras variantes y no ha habido una en la que los perjudicados no sean los ciudadanos y los opositores.
En suma, el intercambio transparente ―de las instituciones extranjeras y de la propia emigración― con los proyectos profesionales independientes, que centran su trabajo en el fomento de la libertad y la democracia, no es solo la manera de resolver el peliagudo tema de los ingresos a la Isla (viajes y remesas, incluidos) sino de privar al gobierno de la posibilidad de recurrir al argumento del mercenario para con los opositores y disidentes, que podrían lograr sobre esta base la conexión con la ciudadanía y obtener cierta legitimidad y protección (esto último, el entendido que la propia policía les reclamará el soborno). Pero lo más importante es que tal intercambio va a ir estructurando la sociedad civil cubana. Para mí se ha hecho claro que el destino del castrismo está en manos del Internet, de los proyectos independientes combinados con la oposición y de la corrupción socialista (que trasciende ampliamente los límites de la burocracia). Con esa amalgama todo es posible; sin ella habrá más de lo mismo, es decir, un reacomodo, una perestroika (reconstrucción).

Hay que cambiar (diversificar) la manera de enfrentarse al gobierno en esta lucha pacífica por la democracia, pero también hay que conocer cuáles son los puntos débiles de aquél para no arar en el mar. Lo que lo mueve todo en la Isla ―incluyendo a militantes, policías, generales, doctores, ministros, maestros, estudiantes, jubilados y hasta «las hierbas que pisan nuestras plantas»― es el dinero. Y si algo otro pudiera resultar desequilibrante es la eliminación de los permisos de salida. Así, pues, olvídense del Papa (que ni puede ni quiere ser la solución) y enfóquense en el verdadero problema, pues si la dictadura político-militar todavía está en pie ello se debe no solo a la paciente política norteamericana de la fruta madura, sino a la inoperatividad de la emigración y del propio exilio. Todavía hoy seguimos inmersos en el dilema de optar por el machete de Maceo o la pluma de Martí, cuando lo que necesitamos es solo un poco de pragmatismo.